Rodolfo Gaona

Estratega Digital, licenciado en Artes Plásticas con espacialidad en Diseño Gráfico por la Universidad Veracruzana, maestría en Mercadotecnia Digital, Diseñador Gráfico de profesión, “Design Thinker” por convicción, comprometido con la educación, la salud y la familia. Apasionado de los negocios en desarrollo StartUps, padre de 3 hijos y esposo por más de 10 años.

Eran los 80's.
Y el mundo parecía estar en otra parte.

La televisión gritaba goles.
La gente celebraba.
Los himnos sonaban como si fueran importantes.

Pero yo… estaba viendo caricaturas.

Tortugas ninja
Mazinger Z.
Y ese silencio raro que quedaba cuando todo terminaba.

Supongo que, desde entonces, ya me gustaba quedarme un poco más…
cuando todos los demás se iban.

También me gustaban las bardas.

Los grafitis que aparecían de la nada.
Los colores que no pedían permiso.
Y esos anuncios gigantes que parecían hablarle a la ciudad entera.

Nunca supe si hablaban conmigo.
Pero un día… decidí contestarles.

Tomé un lápiz.
Luego un ladrillo.
Luego cualquier cosa que dejara marca.

Y empecé a dibujar.

No fue un momento especial.
Nadie lo notó.
Ni siquiera yo.

Pero algo se acomodó.

Como si, por primera vez, estuviera diciendo algo…
sin tener que explicarlo.

Al principio eran cosas pequeñas.
Encargos sencillos.
Nombres pintados en mantas que el viento movía más que la gente.

Nada importante.

Aunque… ahora que lo pienso…
tal vez sí lo era.

Porque ahí aprendí algo que no entendí hasta mucho después:

que crear…
era mi forma de estar.

Luego vino el tiempo en el que uno cree que ya entendió todo.

Nuevos lugares.
Nuevas personas.
Ideas que parecían enormes…
y certezas que duraban muy poco.

Ahí descubrí que no todos los sueños caben en la misma vida.
Y que hacer lo que amas…
no siempre alcanza para vivir.

Pero también entendí algo mejor:

que hay cosas que no se hacen por dinero.
Se hacen porque, si no las haces… algo falta.

El mundo empezó a cambiar.

De pronto todo era más rápido.
Pantallas.
Cables.
Conexiones invisibles.

Muchos dudaban.

Yo también.

Pero había algo familiar en todo eso…
como cuando ves un muro en blanco
y sabes que algo debería estar ahí.

Así que seguí.

Probando.
Equivocándome.
Volviendo a empezar.

Como siempre.

Y en medio de todo eso…
la vida pasó.

Llegó mi primer hijo.
Y con él… una pregunta que nadie te enseña a responder:

¿cómo sigues persiguiendo tus ideas…
sin perderte lo que importa?

Después llegó mi hija.
Y entonces ya no era una pregunta.

Era una decisión.

Aprendí a soltar.
A elegir mejor.
A entender que crecer… no siempre es avanzar más rápido.

A veces…
es quedarse.

Estar.

El tiempo se volvió distinto.

Más valioso.
Más corto.
Más claro.

Y justo cuando creí que ya había entendido el ritmo…
el mundo se detuvo.

Calles vacías.
Puertas cerradas.
Distancia.

Pero dentro de casa…
la vida seguía.

Más real que nunca.

Y fue ahí donde todo hizo sentido.

Porque, en el fondo…
nada había cambiado tanto.

Seguía siendo el mismo.

El que observa.
El que dibuja.
El que intenta entender el mundo…
haciendo.

Hoy las cosas se ven diferentes.

Hay responsabilidades.
Hay familia.
Hay días buenos… y otros que cuestan más.

Un perro que cree que la casa es suya.
Partidas de ajedrez que casi nunca gano.
Y canciones que todavía escucho como si escondieran respuestas.

Pero hay algo que sigue igual.

A veces, muy de vez en cuando…
vuelvo a ese momento.

Un rincón cualquiera.
Un lápiz en la mano.

Y esa sensación…
de que no sabía exactamente qué estaba haciendo.

Pero sabía…
que tenía que hacerlo.

Y con los años entendí algo curioso.

Que la vida no se trata de llegar a algún lugar.

Sino de no olvidar
por qué empezaste.